CarlosBarbaTalo

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Carles el amigo más próximo que tengo y colaborará en este blog.

Escribe en la Vanguardia, Que Leer y otros medios.

Este fue publicado en Que Leeer hace seis años

GALERÍA DE CLÁSICOS: MONTAIGNE, EL EUROPEO UNIVERSAL

Montaigne es el padre de la actual y floreciente literatura del yo, y uno de los pioneros de la prosa moderna francesa. La reciente traducción de sus “Ensayos” (El Acantilado) invita a revisar su vida de acción y contemplación, en un siglo, el XVI, cruel y fanatizado.

Michel de Montaigne nació el 23 de febrero de 1533 en tierras del Périgord. Era el hijo mayor y heredero de un caballero gascón, Pierre Eyquem, que había sido alcalde de Burdeos, y que a su vez había recibido de su abuelo una amplia propiedad, adquirida con el comercio de vino y conservas. Noble de cuarta generación, el futuro escritor tendría a gala hablar de sí mismo como soldado, el destino habitual de la nobleza tradicional, pero en la práctica estuvo más cerca de la “noblesse de robe”, es decir, la que ejercía en los tribunales y magistraturas. Su madre se llamaba Antoinette de Loupes, y era de origen español y judío, procediendo sus antepasados nada menos que de Calatayud.

Pierre Eyquem quiso, como otros padres de ilustres hijos (el padre de Henry James, el padre de Stuart Mill, el padre de George Steiner), que Michel fuera educado de un modo anticonvencional. Hizo un osado experimento pedagógico: ordenó que hasta los seis años, al niño no se le hablara y formara en otra lengua que no fuera el latín. Mandó llamar a un tutor alemán, y le dio instrucciones para que sumergiera al tierno infante en la lengua de la antigua Roma y de los autores renacentistas. El futuro gran prosista francés por tanto no empezó a balbucear hasta los siete años la lengua de sus padres, de los criados y de los arrendatarios. Con esta prueba, Pierre Eyquem consiguió un objetivo: que su hijo en lo sucesivo experimentase una espontánea consanguineidad con los mejores espíritus de la Grecia y Roma clásicas. En el castillo familiar se ensayó (la palabra es idónea) otra fórmula heterodoxa: puesto que el preceptor opinaba que no era bueno que al niño se le despertase “tot à coup et per violence”, a la cama infantil acudían cada mañana flautistas y violinistas para desperezar dulcemente al durmiente.

Naturalmente, con unas pautas educativas tan singulares recibidas en casa, para Montaigne el saltó a la escuela resultó traumático. Entre 1539 y 1546, estudió en el Collage de Guyenne, y se encontró con una disciplina férrea y unos docentes a los que se les daba una higa las opiniones de sus alumnos. “Los maestros”, se quejará más tarde el joven gascón, “no cesan de gritarnos en los oídos como si vertieran agua en un embudo y nuestro cometido se limita a repetir lo que nos han dicho”. En los “Ensayos” hará una crítica sistemática de la pedagogía memorística: “Así como las plantas se ahogan por exceso de agua y las lámparas por exceso de aceite, lo mismo le ocurre a la acción del espíritu por exceso de estudio y de materia”. Pero en el equipo docente había una excepción, el humanista escocés George Buchanan, que logró sacar al mortificado alumno de su pasividad. Buchanan ya era autor de tragedias latinas muy apreciadas en su época, y algunas de ellas fueron representadas en el College. Michel interpretó con ardor algunas de estas piezas y destacó entre los demás por la entonación en la dicción. Otra consecuencia de su precoz conocimiento del latín fue una temprana lectura de los autores clásicos. Y así, mientras sus compañeros de aula leían novelas de caballerías (las novelas del oeste de la época), él se enfrascaba en “La Eneida” y en “Las Metamorfosis”, encantado y maravillado por las gestas y lances de aquellos tiempos tan remotos.

Posteriormente se inscribió en la universidad de Toulouse para seguir la carrera de Leyes. Se sabe muy poco de ese período. Tras la licenciatura, ingresó como magistrado en el tribunal de Burdeos, y allí conoció a otro abogado, Etienne de La Boétie, cuya amistad resultó para él providencial y enriquecedora. La Boétie era tres años mayor, y entre ambos se trabó una complicidad espontánea de intereses y aspiraciones. Lamentablemente La Boétie murió de disentería en 1563, y su amigo estuvo al pie de su cama durante los nueve últimos días de la enfermedad. Esta pérdida dejó una honda huella en Montaigne, y le llevaría posteriormente a a redactar un profundo ensayo, “Sobre la amistad”. Con diligente fervor, se cuidó también de compilar las obras de su colega, y de publicarlas. Los libros de la biblioteca de La Boétie pasarían a engrosar la suya propia.

En 1568 sufre otra perdida de importancia, la de su progenitor. Hereda el título y una renta de diez mil libras. Pierre Eyquem, antes de fallecer, le había convencido para que tradujera al francés la “Teología Natural” (o “Libro de las Criaturas”) del escritor catalán del siglo XV Raimundo Sabunde, una obra en la que se describe la Naturaleza como un libro abierto en el que se manifiesta la existencia de Dios. Este trabajo sirvió en dos sentidos: encaminó a Montaigne a bregarse en el manejo del lenguaje; y desencadenó en él un flujo de ideas y de discrepancias que luego concretaría en uno de sus tratados más famosos, la “Apología de Raimundo Sabunde”. La tesis de este ensayo dice que el hombre de ninguna manera puede creerse la criatura más noble del universo, y que la razón humana está lejos de ser una buena herramienta para interpretar la realidad.

En 1569  Montaigne busca pareja, y se casa con Françoise de la Chassaigne. Esta dama, hija un alto consejero de Burdeos, le dará siete hijas, de las cuales sólo una llegará a la edad adulta. ¿Fue un matrimonio bien avenido? Sí, pero frío, sin pasión, entre otras cosas porque el consorte consideraba el vínculo conyugal inferior al que podía establecerse en una amistad.

En 1570 Montaigne da el paso más importante de su vida: a los 38 años vende el escaño en el parlamento de Burdeos, y rompe con sus dedicaciones públicas. Se retira a su castillo de Montaigne, y decide consagrar todo su tiempo a la lectura, la meditación y la escritura. Se instala en un torreón situado en el tercer piso del castillo, y se rodea de una biblioteca de mil libros. Decora la estancia con inscripciones en griego y en latín, y las vigas de su gabinete se llenan así de máximas del Eclesiastés y Horacio, San Pablo y Virgilio, Séneca y Plutarco.Una de las que tenía más a la vista era de Terencio y decía: “Homo sum, humani a me nihil alienum puto” (“Hombre soy, y nada humano juzgo serme ajeno”). Montaigne fue siempre un enamorado de la antigüedad, y situaba a Homero, Sócrates, Epaminondas y Alejandro Magno en unos niveles de excelencia nunca vueltos a superar.

Entre 1571 y 1580 Montaigne dedicó pues sus energías a la actividad intelectual, y produjo el material que componen los libros I y II de los “Ensayos”, aparecidos en 1580 en Burdeos bajo el sello Millages y cuyos gastos de impresión corrieron en parte del bolsillo del propio autor. En esa década tan fecunda literariamente, Montaigne no abandonó del todo sus responsabilidades públicas: en 1573 se le nombró gentilhombre del rey Carlos IX; y en 1574 se sumó a la armada real en Poitou y luego llevó a cabo una serie de gestiones en el parlamento de Burdeos. Para entonces ya se había hecho acuñar una medalla con la divisa que va asociada eternamente a su nombre, “Que sais-je?” (“¿Qué es lo que sé en realidad?”). Los “Ensayos” están imbuidos de este talante positivamente escéptico.

Tras la publicación de la obra con la que funda un género literario –el de la reflexión asistematizada sobre toda clase de asuntos-, Montaigne, siempre acuciado por la curiosidad y el espíritu aventurero, deja el Périgord y parte para Italia. Él siempre había recomendado viajar como uno de los mejores métodos de educación moral y una forma de ver más allá de las propias narices. En 1578 ya había realizado un par de “escapadas” a los Pirineos para hacer varias curas de aguas: le da molestias y un mal de piedra heredado de Pierre Eyquem. Esta vez el viaje que acomete, de un año largo, le lleva por Suiza, Alemania e Italia. Durante el trayecto, consignó en un diario las incidencias del periplo, para uso personal y sin ninguna intención de que este material se publicara (este “Journal de voyage” durmió en el olvido hasta 1774, en que fue impreso por un abad). Las notas viajeras incluyen pintorescas descripciones de paisajes, tipos y encuentros, y revelan a un hombre concernido en los más pequeños detalles de la geografía, la gastronomía, las costumbres y las fiestas de cada región, ciudad y pueblo. Estaba todavía en Italia, en 1581, cuando recibió noticias de que había sido elegido alcalde de Burdeos.

Reacio a aceptar, debido a las guerras civiles que azotaban a Francia, la insistencia personal del rey Enrique III le convenció finalmente, y ejerció de burgomaestre durante dos mandatos, hasta julio de 1585. Montaigne consiguió limar bastante las disensiones entre la mayoría católica y la liga protestante de Burdeos, pero una plaga asoló la capital y diezmó un tercio de la población, y la inestabilidad y los odios resugieron con fuerza.

En 1585 Montaigne reemprendió su vida contemplativa y se embarcó en el libro III de los “Ensayos”, pero una vez más los disturbios políticos perturbaron su tranquilidad. Hubo de abandonar precipitadamente el “château”, y llevar durante siete meses una existencia trashumante. Cuando regresó a su heredad, la encontró saqueada pero todavía habitable, y volvió al torreón de sus amores, a seguir con los “Ensayos”.

Los últimos años de Montaigne fueron endulzados por la amistad y correspondencia con una joven, Marie de Gournay, a la que conoció en la Universidad de Paris, y que le manifestó enseguida una incondicional admiración por su obra. Marie se convirtió en hija adoptiva del escritor, y tras la muerte del maestro, se ocupó de publicar una edición ampliada y puesta al día de los “Ensayos”. Edición por cierto que en 1603 manejó John Florio para realizar la traducción inglesa, y que a su vez fue la que pudo leer Shakespeare, y que le llevó a utilizarla en obras como “La tempestad”.

Montaigne murió en 1592, a los cincuenta y nueve años, en el dormitorio de su torre. En vida de él se había publicado la edición de 1580 de los “Ensayos” y luego otra de 1588, en Paris, que incluía un tercer libro. A su muerte, dejó este ejemplar (conocido como el Ejemplar de Burdeos) completamente infestado de añadidos y coletillas, y esta es una de las razones de los enormes problemas de fijación filológica que desde entonces arrastra su obra.

Para comprender el alcance de su “corpus”, basta con examinar la calidad de lectores que ha tenido en los sucesivos siglos. Pascal, La Rochefoucauld, Molière o el propio Shakespeare le tenían en alta estima. Enciclopedistas como Diderot y Voltaire siempre le consideraron un “philosophe avant la lettre”. Nietzsche lo sintió en muchos aspectos como un hermano de investigaciones. Gide le calificaba de Goethe francés, y Albert Thibaudet, “el europeo más señero de las letras francesas”. Y sin embargo este  escritor universal, padre de hecho del relativismo cultural, dejó escrito en el frontispicio de los “Ensayos” una declaración muy humilde: “Héte aquí un libro hecho con buena fe, lector. Te aviso que no me he propuesto otro fin que no sea doméstico y privado. No tengo ninguna pretensión de que te sirva, ni de que contribuya a mi gloria. Lo he escrito para mis amigos y parientes […], para que reencuentren aquí rasgos de mi carácter y mis humores, y para que así nutran de una manera más viva el conocimiento que han tenido de mí”. En el origen de la obra, hay pues (como en la “Alicia” de Carroll pongamos por caso) una motivación puramente privada, la de dirigirla a un destinatario muy particularizado, al que el autor pretende hacer llegar algunas de las preocupaciones e inquietudes que han azacaneado su vida. “Je suis moi-même la matière de mon livre”, manifiesta Montaigne sin rodeos, pero ello no le situa en la línea confesional de un San Agustin. No es el autobiografismo lo qye alimenta su obra, sinoi más bien una voluntad de pensar por cuenta propia, y de escapar a la dispewrsión de la época, que se manifestaba sobre todo en las intestinales guerras religiosas que libraban católicos y hugonotes. Montaigne siempre tuvo el buen sentido de opinar que al hombre le es más práctico vivir de conformidad externa con las costumbres del propio país. Pero, dicho esto, ello no le impidió defender con firmeza que “la sociedad no tiene por qué intervenir en nuestros pensamientos” y que necesitamos una “rebotica” (“une arrière boutique tout nostre”) donde podamos ser nosotros mismos, juzgando libremente de todo. Vemos aquí prefigurado el concepto de “ciudadela interior” acuñado por Goethe en el siglo XVIII, y también la vindicación de una “habitación propia” propugnada por Virginia Wolf en pleno siglo XX. No es casual en fin que, en ese mismo siglo, un Stefan Zweig sexagenario y acosado por el desmoronamiento de Europa, acuda a Montaigne: en él ve al individualista que, rodeada por una humanidad fanatizada, encuentra en sí mismo el consuelo de una mirada ecuánime y un estado de espíritu cabal. Montaigne, como Zweig, vivió un siglo feroz y brutal, y por sensibilidad siempre abominó de la crueldad, hasta el punto de que, en las partidas de caza, sufría cuando oía gemir la liebre bajo los dientes de la jauría.

El historiador Peter Burke ha centrado muy bien el trasfondo del retiro de Montaigne a su castillo, y su consiguiente dedicación a los “Ensayos”, en una constante reafirmación de su independencia interior. En modo alguno –dice Burke- Montaigne pidió nunca excusas por recluirse en su torre de marfil, y nunca consideró su apartamiento de la vida pública como un escapismo. Al contrario, pensaba que la vida privada era más exigente, y que seguir la propia luz interior (como hizo un Sócrates) representaba un esfuerzo mayor que atenerse por ejemplo a una ética del honor, basada en la aprobación de los demás.

Por lo demás, Montaigne demostró siempre una curiosidad muy viva por el mundo exterior y por la diversidad de las razas y costumbres, y el viaje que en 1580 emprendió a Alemania, Suiza e Italia, acreditan a un explorador que quiere averiguarlo todo por sí mismo, y que se da cuenta de la relatividad de los hábitos de las gentes, y de la aleatoriedad de sus creencias y leyes. A Montaigne el descubrimiento de América de medio siglo atrás, había agudizado en él su puesta en cuestión del hombre civilizado y su atracción por las formas primitivas de convivencia de los indios brasileños. La noción de buen salvaje enunciada por Roussea ya estaba en el aire, y coetáneos como Ronsard o el propio La Boétie manifestaron en algún momento un deseo de abandonar la sangrante Francia para irse a las regiones vírgenes del Nuevo Mundo.

Montaigne, influido por el descubrimiento de América y por su viaje a Alemania, Suiza e Italia, va forjándose una mirada relativista y etnográfica, que aflorará cada vez más en los “Ensayos” y en sus ondulantes tesis. “Cada cual llama bárbaro a lo que no es conforme a su costumbre”, sentencia, y nota que ha habido sociedades donde los hombres se prostituían y las mujeres iban a la guerra, y que por tanto “machos y hembras estan fundidos en el mismo molde: hay poca diferencia entre ellos, excepto en virtud de la educación o la costumbre”. Montaigne asimismo desarrolló una clarividente visión del vulgo, y lejos de dejarse llevar por prejuicios de noble, advirtió en estas gentes virtudes loables: “He visto centenares de artesanos y campesinos más prudentes y más felices que los rectores de la universidad, y a quienes querría haberme parecido”: También cuestionó la superioridad del hombre sobre los animales. “Cuando juego con mi gata”, se interrogaba “¿quién sabe si no es ella la que está divirtiéndose conmigo, más bien que yo con ella?”.

Michel de Montaigne en suma, con su gesto de sustraerse a las agitaciones de su tiempo, y de examinar el mundo con la única lente de la que creía poder fiarse (su propio juicio) , se ha convertido en el escritor renacentista más moderno y legible, más cercano y tangible. A través de los “Ensayos” se permitió reflexionar con amenidad y sin ningún dogmatismo sobre toda clase de materias: la educación de los hijos, la soledad, la amistad, la presunción, el dormir, la sexualidad, la embriaguez, las culturas exóticas, la vanidad del saber, la crueldad del ser humano…Y a través de su continua especulación intelectual y de su gusto por una existencia de “otium” frente alo “negotium”, ha enseñado a la posteridad la ciencia de seguir siendo uno mismo frente a todos y todo. Como bien vió Stefan Zweig, que le dedicó significativamente su último ensayo antes de morir, Montaigne resulta aleccionador porque se impuso una única tarea: en vez de vivir una simple vida, vivir la suya

Carles Barba

 

 

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